A pesar de sostener con su esfuerzo diario sectores clave de la producción y el crecimiento del país, la comunidad trabajadora e inmigrante sigue confinada a la informalidad y a salarios que no alcanzan para comer. 

Instalado desde hace años en el país, Humberto forma parte de esa fuerza laboral invisible que sostiene sectores clave como la construcción, la producción frutícola y el trabajo informal. Sin embargo, asegura que el esfuerzo cotidiano no se traduce en una mejora en su calidad de vida. “Se trabaja más que nunca, pero la realidad es la misma o incluso peor que en mi país”, resume.

Su testimonio pone en evidencia una problemática estructural: la persistencia de altos niveles de informalidad entre trabajadores migrantes. Sin acceso a empleos registrados, muchos quedan fuera del sistema de seguridad social, sin cobertura de salud ni estabilidad laboral, lo que los expone a situaciones de vulnerabilidad permanente.

A pesar de su aporte al desarrollo económico, la comunidad inmigrante continúa enfrentando dificultades para acceder a derechos básicos. Barreras administrativas, falta de regularización migratoria y condiciones laborales poco controladas configuran un escenario complejo que se agrava en contextos de crisis económica.

Especialistas advierten que esta situación no solo afecta a los trabajadores migrantes, sino que también genera distorsiones en el mercado laboral, con sectores donde la informalidad se vuelve regla y no excepción. En ese marco, reclaman políticas públicas que promuevan la inclusión, la formalización y el acceso a condiciones dignas de trabajo.

Mientras tanto, historias como la de Humberto siguen repitiéndose en distintos puntos del país, poniendo rostro humano a una realidad que muchas veces queda fuera del debate público, pero que resulta central para entender el funcionamiento de la economía y las desigualdades que la atraviesan.

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